-Segura?
-Sí, estoy perfectamente.
-Venga Gabriel que ya pasó de moda lo de hacerse el héroe.
Diogo, estropeó el momento, con su borderia.
-Diogo, por favor.
-Déjalo Leila, no tiene arreglo.
-Me encantaría arreglarte la cara, ya que ellos no lo hicieron.
Leila, le miró furiosa.
-Te estas pasando joder.
-Solo pretende llamar tu atención. Está fingiendo.
-Está mal, me preocuparía igual si fueras tu.
-Ya, pero yo no te hice daño.
-Me lo estas haciendo ahora.
Siguieron discutiendo como un matrimonio, o incluso peor, como si fueron novios celosos, una tonteria recordaba a otra tontería aun peor, y se chillaban el uno al otro, como si estuviesen locos.
-Chicos - chilló Carla.
Los dos miraron en la dirección de los ojos de Carla, Gabi estaba escupiendo sangre, daba un asco tremendo, tosía, y en su abdomen descubierto, se formaba un moratón enorme.
-Deberíamos llevarlo al hospital.
-Ahora ya no piensas que finge no?
Saltaban chispas en su cruce de miradas.
-Estoy bien, necesito moverme un poco.
Y Leila se fue a su lado, le ayudó a levantarse y se movieron hacia la orilla, donde el agua se acercaba ferozmente para después calmarse y acariciar despacio y con cariño los millones de granos de arena que se aglomeraban como en ese momento lo hacían un montón de gente, en la otra punta de la playa. Se sentaron con la piernas estiradas mirando al horizonte, intentando descubrir su final, imaginándose en la época de los antiguos descubridores y preguntándose que imaginaban ellos que había al final de ese enorme océano.
-Me odia porque estoy contigo.
Gabi rompió el hechizo, sonaba triste y apagado. Leila no sabia que contestar, quizás fuera eso, pero Diogo, era Diogo, el mismo sabia que nada ni nadie podía ocupar su lugar, jamás de los jamases, encontraría a alguien como el.
El agua del mar, les golpeaba los pies, haciéndoles cosquillas en los gemelos, hasta el muslo, se iba y volvía, como si los estuviera retando a un baile, las olas daban el ritmo, la marea el compás..
-Fue mi primer pelea.
-Lo sé. Estuviste bastante bien.
-Ya casi no me duele.
-No tienes que hacerte el fuerte, estamos solos.
Soltó una carcajada.
-Vuelve conmigo.
-No puedo.
-Por qué?
-Porque me da la sensación que apenas buscas una sola cosa en mí, y yo no te lo pienso dar. No a tí.
-Lo sé, pero no es eso lo que busco. Simplemente te quiero.
-Já, tendrás que demostrármelo.
-Me gustan los retos.
-Siempre igual.
Se callaron, hasta que a Leila le dio la venada de quitarse el pantalón corto, la sudadera y meterse en el agua. De repente entendió porque a su madre no le gustaba que fuera a la playa, y menos al agua, porque estaba loca, porque no tenia miedo de que viniera una ola y se la llevara, porque vivía al limite, porque no pensaba dos veces antes de hacer algo, porque para ella, un momento bonito y un recuerdo precioso, era lo único que importaba. Le gustaba vivir, como si su vida se tratara de una película, una de las bonitas, de las que valía la pena recordar.
-Vamos, vente.
-Estas loca? Estará helada.
-A que no tienes huevos a hacerlo.
Gabi, se había olvidado completamente de su abdomen cuando se levantó y se le dibujó en la cara una mueca de tremendo dolor. Pero sonrió. Y se metió en el agua. Intentaba ocultar que el agua le estaba congelando las piernas. Diogo, los observaba en segundo plano, sentado en la arena, junto a las tiendas, Leila lo vio, pero fingió no hacerlo.
Cuando salieron del agua, estaban congelados de cintura para abajo, tenían la piel arrugada como dos ancianos, como pasas. El frió del mar había hecho que la circulación del abdomen de Gabi volviera a la normalidad, y ya no le dolía tanto. Diogo se metió en la tienda cuando los vio salir del agua. Cuando llegaron, Gabi se fue, para estar con sus amigos y Leila se metió en la tienda donde estaba Diogo.
-Te lo has pasado bien.
-No he vuelto con él si es eso lo que quieres saber.
No hablaron más, Leila se metió en la cama improvisada que hicieron, con un pequeño colchón y unas mantas, ya que no les gustaban los saco-cama. Se cubrió lo máximo que pudo, tiritaba por el brusco cambio de temperatura, pudo imaginar la sonrisa de victoria que tenia Diogo en ese momento,- apesar de la oscuridad y de que no lo estaba mirando-, cuando se tumbó a su lado y la abrazó por debajo de las mantas. Era hora de dormir.

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